La deconstrucción es un método de cocina consistente en cambiar la estructura y la forma de un plato, manteniendo su esencia inicial. Quizá al nuevo liderazgo europeo se le haya ido la mano con el nitrógeno líquido y el plato ya no recuerda en nada o casi nada al inicial.
Para conocer los ingredientes iniciales de la preparación de la Unión Europea hay que remontarse a los años 50, cuando el ministro francés de asuntos exteriores Robert Schuman creó la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) que cristalizó en 1957 con la firma del tratado de constitución de la Comunidad Europa.
Los ingredientes del plato primigenio fueron: la unión aduanera y la política agraria común; la filosofía que subyacía al proceso era la construcción de una ciudadanía europea tras las dos guerras mundiales. Y ya en el primer tratado figuraba un trato preferente para las “Regiones ultraperiféricas”, es decir, el principio de solidaridad con las economías menos pujantes ya estaba en el germen de la Unión.
En mi opinión cuatro factores han determinado que el cocinado de la Unión Europea en su nueva receta no se ajuste en ingredientes, preparación y esencia a aquel surgido en los 50:
- La globalización asimétrica: Es una de las críticas más comunes al proceso de construcción de una unión de Estados, la deslocalización de los capitales es perfecta, su movimiento es absolutamente libre y se hace por medio de un simple click; esta globalización no ha venido acompañada por un sistema eficaz de supervisión y control de los mercados financieros, que ha quedado en manos de los bancos centrales de los estados miembros, juez y parte. La movilidad de los ciudadanos tiene dificultades, décimas de euro de rentabilidad en un punto de la unión genera oportunidades de negocio a grandes fondos con sólo un click, situaciones laborales ventajosas en un país de la unión no atrae de manera inmediata a los trabajadores más cualificados o capaces, sino que la “movilidad” de los trabajadores tiene costes (incertidumbres, de expectativas de vida…) y dificultades (idiomáticas, culturales…); en este campo, ha abierto más fronteras el programa de intercambio de estudiantes ERASMUS que toda la regulación en la materia.
- La falta de una verdadera ciudadanía europea: Quizá ERASMUS también hizo más que ninguna otra medida por la creación de una identidad europea común. Y, tal vez, para que esa globalización fuera menos asimétrica, debería de haberse internacionalizado la legislación y condiciones laborales. No hay ciudadanía sin derechos, y la expresión máxima de la falta de derechos es la incapacidad de los europeos para elegir de manera directa al presidente a la Comisión Europea.
- La ausencia de un liderazgo político global: Los políticos de hoy entienden que Europa es un lugar en el que negociar en clave nacional, el campeón es el que más fondos, menos refugiados o más comisarios se trae a casa. Queda lejos los tiempos en los que políticos como Willy Brandt creían en un proyecto común de paz, estabilidad y crecimiento compartido, lo planificaban, debatían y compartían para llevarlo adelante. Quizá la falta de una conciencia política y un liderazgo europeo sea causa y efecto de la falta de un presupuesto significativo y una acción política real -tanto en armonización fiscal, como políticas económicas comunitarias de gasto coordinadas- que influya de manera real sobre la vida de los europeos. El último intento fue crear una tasa Tobin (tasa sobre las transacciones financieras internacionales) que se puso sobre la mesa más para dar impresión de acción que para llevarlo a cabo, pero la propuesta nació muerta.
- Ciclo político: En este caso y como suele pasar en períodos de crisis, ha surgido en toda Europa una presión nacionalista que hace crecer las expectativas de voto de partidos como el Frente Nacional francés, o UKIP en Reino Unido, y que influye sobre las políticas de partidos de un espectro más amplio y gobiernos como el alemán, británico o español.
En este nuevo plato deconstruído, hay ingredientes que se han pasado de cocción, la presión de Europa sobre Grecia está causando que una crisis de deuda se convierta en una crisis social y de legitimidad democrática; los ciudadanos del sur conciben Europa como a las madrastras de los cuentos, a las que hay que satisfacer a base de sacrificio y que nunca tienen suficiente; y la falta de una política exterior común ha dejado en evidencia que la Europa social y de valores está en peligro de muerte, en un momento en el que la acogida de exiliados políticos y de guerra es una obligación y una oportunidad para reencontrarse y recuperar la esencia.
En este punto estamos, en el de decidir si somos la unión del carbón y el acero, un administrador concursal, la madrastra del cuento o un camino de derechos y libertades que merece la pena ser recorrido.