sábado, 28 de diciembre de 2013

Desestabilizadores automáticos

Vivimos atrapados en el paradigma político y económico de asumir únicamente dos factores para lo público: el coste y la rentabilidad; por eso nos movemos en el terreno del cuanto cuesta más que en el para que vale.

A esta línea de argumentación responden slogans de la derecha como: tendremos “el Estado de Bienestar que podamos permitirnos”, “las pensiones necesitan factores que las hagan sostenibles”,  “la sanidad actual necesita ser más barata para poder ser sostenible”, “ahora no nos podemos permitir el sistema de protección a personas dependientes”, “las becas, la educación pública y la investigación no se pueden asumir en este momento”, “las indemnizaciones por desempleo generan paro”.

Visto de esta manera, parece darse una relación de intercambio entre derechos sociales y económicos frente a prosperidad económica, y esa idea tan extendida hoy lo fue históricamente hasta que Keynes diseño  una nueva estrategia en política económica, las políticas anticíclicas, atribuyendo al Estado el papel de moderar el crecimiento económico en fases de expansión para que no se formaran burbujas y atenuando el decrecimiento económico en las épocas de crisis.

Dentro de las políticas anticíclicas, existe un tipo de instrumento que se llaman estabilizadores automáticos, que sin necesidad de tomar decisiones en política económica, suavizan los ciclos económicos. Se recaudará más en el fondo para el desempleo en épocas de pleno empleo y la aplicación de esos fondos en etapas de recesión supondrá un alivio para los desempleados que podrán mantener cierto nivel de gasto, matizando la caída generalizada de la economía.

En general, los derechos económicos y sociales, actúan como estabilizadores automáticos, constituyen ese suelo que nos permiten matizar el pesimismo que caracteriza a las crisis. Hoy muchos jubilados se hacen cargo con sus pensiones de mantener a familias en paro, reducirán sus ya mermadísimos gastos ante la amenaza de ese “factor de sostenibilidad”, nuevos copagos sanitarios, subidas en las tasas universitarias de sus nietos que ellos mismos pagan, posibles nuevas bajadas en las prestaciones por paro de sus hijos (si ya se ha rebajado una vez, porqué no lo harán de nuevo?) o ante el riesgo de que él mismo o un familiar caiga en una situación de dependencia para la que ya no tendrá asistencia ni derechos públicos.

De esta manera, la financiación de servicios sociales y derechos económicos en épocas de bonanza servirá para paliar el efecto riqueza, que es ese consumo que se produce por encima del asociado al nivel de ingresos por la percepción de que todo siempre irá bien (lo que algunos llaman vivir por encima de tus posibilidades); por otra parte el mantenimiento de esos mismos derechos sociales y civiles sirven, como es obvio, para garantizar unas condiciones vitales mínimas y garantizar la igualdad de oportunidades, pero también para permitir niveles de consumo por encima de las que existirían en etapas recesivas.

Así que tumbar los derechos de las personas dependientes, degradar las pensiones, establecer copagos sanitarios e implantar modelos público-privados, rebajar prestaciones por desempleo, cambiar el método de cálculo de las becas y demás recetas que está aplicando la derecha para desmontar el Estado de bienestar, no son sólo crueles socialmente sino que son aberraciones económicas, por cuanto se están convirtiendo estabilizadores automáticos en desestabilizadores automáticos, ya que no solo tiene efectos económicos directos, sino que constituye un clima de desconfianza sobre la permanencia de los derechos que no se han eliminado.


Tal vez sea el momento de replantearnos si lo útil socialmente y lo necesario económicamente pueden ir de la mano y si los sacrificios se hacen a los altares de la racionalidad económica o de intereses privados e ideología política.

martes, 4 de junio de 2013

Historia generacional del #84

Nunca he pensado que las circunstancias pesen más que lo que uno es, pero si que es bien cierto que el momento y el lugar pueden marcar carácter y manera de enfrentarse a las cosas, en este sentido, hablando con un colega con el que estudié en la facultad, me decía que la nuestra va a ser una generación de agarrados, que nos lo íbamos a pensar muy mucho antes de soltar un euro.

Somos la primera generación que se enfrentó a la ESO, quizá eso juega en contra de nuestra autoestima generacional, fuimos los primeros en estudiar en un instituto con 12 años, enfrentarnos a asignaturas que nadie sabía lo que eran, quizá por eso aprendimos pronto a enfrentarnos a una sociedad en cambio continuo, en estado líquido más que sólido. En A Coruña somos los que no sabíamos muy bien que pasaba y porqué todos se preocupaban tanto el día que encalló el Mar Egeo, la generación de los niños de los conciertos didácticos Sinfónica, de las aulas de ordenadores y los museos científicos, crecimos pensando que también era función de las administraciones públicas velar por la cultura y el fomento de hábitos saludables, vimos como plazas, parques y piscinas iban surgiendo por todas las esquinas de la ciudad.

Con el tiempo fuimos aprendiendo a tener espíritu crítico, diferenciando entre los viejos profesores de tradición franquista, que nos tocaron y nos obligaban a rezar un padre nuestro cada mañana en un colegio público (y laico), de aquellos profesores que te animaban a enfrentarte a lo que no te gustaba, a decirle a quien se equivocaba que no estaba en lo cierto, por muy poderoso que fuera. Así salimos a la calle, nos enfrentamos a la LOU de la Ministra Pilar del Castillo, nos manifestamos contra la guerra de Irak por cruel e injusta, nos implicamos en la defensa de nuestras costas cuando fueron agredidas por el Prestige y la incompetencia de los dirigentes políticos de la época.

Puede que cualquiera, de cualquier generación pueda hacer un retrato parecido (con sus singularidades) al que estoy haciendo yo, asumo que nada de esto nos hizo mejores ni peores, pero si que nos adaptó a un mundo en cambio contínuo con retos e instrumentos diferentes (con Cibers, móviles, sms…).

Nos llamaron la generación Nini, cuando muchos éramos Sisi, estudiando y trabajando, responsabilizándonos, por más que viéramos que necesitábamos mil de nuestras pagas para llegar a lo que cobraba un compañero de colegio que lo había dejado todo por irse a trabajar a la construcción, aún así muchos apretamos los puños, nos creímos lo que nos dijisteis, nos encerramos y estudiamos, tuvimos paciencia, sacamos una carrera, o dos, y un máster o un par, fuimos excelentes cuando pudimos, muy buenos en muchos casos y simplemente pasables la mayor parte del tiempo.

Vimos como nuestros padres se deslomaban para que estudiasemos con el sosiego que ellos no pudieron tener, nunca faltó un céntimo para apuntes y libros de la carrera, pero también para novelas, entradas de cine y teatro, para educación y cultura barra libre. Vimos planes para que científicos españoles volvieran y desarrollaran sus proyectos en España, nos creímos lo del cambio de modelo productivo, en casa también vimos como nuestros hermanos y primos mayores, acababan la carrera, entraban en una empresa con una beca y al tiempo se quedaban en ella (probablemente no con la estabilidad de nuestros padres pero con garantías), se compraban un coche, se independizaban y, aún siendo mileuristas, iban tirando.

A nosotros nos tocó acabar la carrera en el 2008/2009 (de media) cuando la crisis ya se olía, nos enfrentamos con ella como nos habíamos enfrentado a todo lo demás, con paciencia, y con cierto alivio, siempre nos habían dicho nuestros padres que estudiando nos cubríamos de estas situaciones, que si no era de ingeniero o economista, siempre podríamos trabajar de administrativos o electricistas, que el camino complicado era, eso, complicado, pero también daba garantías.

¿Cómo iban nuestros padres a saber que el mundo iba a empezar a  girar en sentido contrario? Empezamos a acostumbrarnos a esconder carreras, másters, postgrados y méritos de nuestros CVs (con el esfuerzo que nos habían costado) para no ser descartados a la primera y hoy nos acostumbramos a un estado de las cosas que ha dejado de ser líquido para ser gaseoso, aprendimos que nuestro techo era bajo (o pegado a una maleta) y nuestro suelo movedizo, día a día han ido cayendo derechos económicos y sociales que se nos habían dicho consolidados; la seguridad de las pensiones, la prestación por desempleo o la sanidad pública cada vez ofrecen menos garantías, y derechos como el aborto, la ley de dependencia o el matrimonio homosexual que nosotros mismos vimos nacer o consolidarse, se tambalean.

Hay quien quiere poner la pelota sobre nuestro tejado, decir que estamos acomodados, que no todo se le puede dar a uno hecho, que somos culpables de nuestro desempleo o afortunados por tener un trabajo mal o nada remunerado, enfrentando a becarios con parados y a precarios con mileuristas. Nos dicen que emprendamos, pero nadie dice como se hace si el banco no da crédito, si nadie nos da una oportunidad de trabajo previo para aprender a enfrentarnos a la realidad y si nadie apuesta por nuestro talento.


Puede que vayamos a ser una generación de ratas, que estemos aprendiendo que un euro gastado hoy en ocio puede sernos muy necesario pasado mañana ante una enfermedad o una situación difícil, puede que la variable sociológica sea fundamental en las decisiones económicas y vitales que tomamos, puede que sea simple adaptación al medio, puede que vayamos a ser una generación de “agarrados” pero jamás seremos una generación de Zombies.