miércoles, 25 de abril de 2012

No a la revolución

Si mi madre me viera escribiendo NO A LA REVOLUCIÓN le da un p’allá. Yo siempre he sido muy de revoluciones, he estado en las manifestaciones contra la guerra de Iraq, el Prestige, a favor de la enseñanza pública, huelgas generales por decretazos laborales, he dado la vara todo y más en Juntas de Facultad y el Claustro Universitario. Pero en esta revolución no me busquéis, para esta no estoy. No estoy en esta revolución económica, social y ética que estamos viviendo, eso sí todo muy revestido de marketing casposo y verborrea pedante que se resume, como los mandamientos, en dos: - “Lo hacemos porque no nos queda otra” y – “La culpa es de Zapatero”.

Estamos viviendo una revolución económica, porque la economía ha dejado de ser un instrumento, se nos ha convertido en un fin en si mismo. Hasta donde sabíamos, el fin de los impuestos, por ejemplo, era financiar servicios públicos, hoy son los servicios públicos quienes doblan la rodilla para no imponer nuevas tasas a los poderosos. Hasta donde conocíamos, el Estado era un agente económico que procuraba generar dinámicas y oportunidades para el crecimiento, hoy se diseñan presupuestos públicos faltos de toda estrategia como país, que no apuestan por nada, que no sirven para nada y que no benefician a nadie, que el único mensaje deslizan es “sálvese quien pueda”.

Estamos viviendo una revolución social porque se nos dice que nuestras ambiciones de bienestar son ilegítimas e inasumibles, no nos podemos seguir permitiendo nada que no se pueda autofinanciar (sanidad y educación incluidos), por lo que el Estado que se pretende será un agente privado más compitiendo con otros agentes (empresas). Porque cuando en 1986 Ernest Lluch diseña el sistema sanitario lo hace considerando la sanidad un derecho de todos y para todos, y hoy sin ningún motivo (ni siquiera el económico o organizativo) se dispone un copago indecente y una exclusión de la atención médica a los inmigrantes que es inhumana por ser xenófoba y es temeraria por impedir un seguimiento continuo de sus historiales.
Estamos viviendo una revolución social porque se nos dice que nuestras vidas deben de ser marcadas definitivamente según el barrio y la familia en la que nazcas, no nos podemos seguir permitiendo la igualdad de oportunidades, no nos podemos permitir una sociedad culta y preparada, lo único que nos podemos permitir como sociedad es que la cultura y la educación vuelva a la mano de la clase alta y el clero, como en la edad media.
Estamos viviendo una revolución social porque los servicios sociales han dejado paso a la caridad, sólo en esa concepción de las cosas se entienden campañas como la que está llevando a cabo el Ayuntamiento de Santiago de Compostela, de donación de pañales, implantando así un modelo de caridad, donde debería de haber una red social potente sustentando y dando oportunidades a quien las necesita.

Estamos viviendo una revolución ética porque el porqué de las cosas ha pasado a un segundo plano, se ha cambiado la reflexión por el slogan, así, cuando alguien coarta la libertad una mujer sobre su propia maternidad, parafrasea a Manuel Azaña, cuando alguien privatiza la sanidad se envuelve en la bandera de la justicia social y cuando uno incrementa las tasas universitarias apela al espíritu de esfuerzo.
Estamos viviendo una revolución ética porque para conseguir 2.500 millones de euros nos arrodillamos ante estafadores pidiéndoles clemencia y caridad, porque una promesa electoral no garantiza nada, porque la cooperación internacional al desarrollo ha pasado del segundo plano a desaparecer del mapa, porque se permite la especulación sobre el mercado de alimentos cuando medio mundo se muere de hambre y porque cada día nos enseñan a ser más insensibles frente a la carestía que nos rodea.

Hoy cuando se nos dice que las cosas sólo se pueden hacer de una manera, reivindico la política y la ideología, porque son las únicas armas de aquellos que no podemos especular en los mercados, de aquellos que no recibimos reverencias de otros ni besos en anillos, de aquellos que no acumulamos capitales y bastante tenemos con ir tirando, de aquellos que no tenemos más armas para mirar al futuro con la esperanza y el propio esfuerzo; esta es mi revolución.

martes, 10 de abril de 2012

La progresividad del gasto público

Entre los principios clásicos e indiscutibles de las haciendas públicas está la progresividad de la recaudación, entendida como la aportación más que proporcional a la hacienda pública a medida que crece la capacidad adquisitiva del contribuyente. Este es precisamente un caballo de batalla de la izquierda y un logro de las sociedades modernas.

Últimamente se está estableciendo un debate sobre la progresividad en el gasto público, haciendo pensar que el Estado deberá proveer servicios públicos gratuitos únicamente a las clases más desfavorecidas, confundiendo así progresividad y redistribución (que se entiende como la capacidad del gasto público de generar dinámicas que permitan salidas a la exclusión, e igualdad de oportunidades). Este debate lo está poniendo encima de la mesa la derecha, curioso, ¿verdad?

Vamos comprar la moto neocon y suponer que no nos podemos permitir sanidad y educación a cargo de la caja pública (que no es así), y a asumir el uso excesivo y caprichoso de los servicios públicos (que tampoco), ¿sería efectivo, útil y válido el repago sanitario y educativo para las rentas altas?

Lo más evidente es que la capacidad recaudatoria es muy limitada para las figuras tributarias dirigidas únicamente a las capas más altas. Para tener efectos significativos sobre la recaudación, cabrían dos posibilidades:
1- generalizar el copago a las clases medias, por lo que dejaría de ser a las grandes rentas,
2- aumentar la cuantía del copago, con lo que se excluye del sistema a las rentas más altas que podrían ver como la alternativa privada les es más barata y exclusiva que la pública. La máxima de la caverna de que: “los ricos pagan el colegio y los hospitales de los pobres” se haría cierta.

La mejora de la eficiencia que provenga del copago vendría de la mano de un “uso racional de los servicios”, es decir, que suponemos que uno va al médico porque se aburre en casa; aunque así fuera, yo al menos, prefiero 5 minutos más en la sala de espera, que un enfermo de cáncer sin diagnosticar por no pagar los X € que cueste la consulta y las pruebas. Y hablar de eficiencia y de malgasto en educación con las tasas de fracaso escolar que tenemos, es un verdadero insulto.

Además se está obviando el hecho que una sociedad más sana y con mayores niveles de educación es por definición mejor, pero es que además es económicamente mejor, los niveles de competencia y trabajo cooperativo que generan la igualdad de oportunidades que fomenta la educación y los obvios beneficios de una sociedad sana, suponen una mejora de la productividad y lo que, en economía, se llaman externalidades positivas; cada euro “gastado” en sanidad y educación, por lo tanto es, devuelto en actividad económica multiplicado por 2, por 3 o por 100.

Puestos a copagar, podríamos empezar por otros servicios públicos: por las autovías, por el servicio de recogida de basuras, por el uso de los parques o por el alumbrado público (la tecnología la podemos copiar de las velitas de las iglesias), pero nada de eso aseguraría que ninguno de esos servicios mejorara o fuera más sostenible en el tiempo, ya que, por definición los ingresos públicos provengan de donde provengan (precios públicos, tasas, impuestos…) no están afectados a ningún gasto, es decir, el ingreso es independiente del gasto al que se destina, lo recaudado se lleva a una caja común de la que las salidas de dinero también son comunes.

No es por eficacia, ni por eficiencia, ni por sostenibilidad del Estado de bienestar, es política, es manera de entender las cosas, es por qué y a quien se defiende, es la manera de entender la sociedad.

domingo, 1 de abril de 2012

Mientras lo fácil venza a lo útil

Dijo Franz Kafka que: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”, los españoles nos creíamos llegados a ese punto para nuestro bienestar, nunca creímos que nadie pudiera poner en duda la permanencia y la utilidad, tanto económica como social, de un modelo público que garantizara el libre acceso a la educación, a la sanidad y a la cobertura social por todos los ciudadanos.

En este sentido, y como ya mucho se ha comentado, el recorte del gasto público en los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para este 2012 es bestial, por citar algunos casos, el presupuesto del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad se rebaja un 13,7% o el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en un 21,2%. Entrando un poco más en detalle, la Agencia Española para Cooperación Internacional para el Desarrollo cuenta con un 71,2% menos y la aportación Estatal a la Dependencia simplemente desaparece.

Lo cierto es que España había emprendido un rumbo estratégico como país, un fuerte estado de bienestar con 3 pilares sólidos (educación, sanidad y dependencia) y una economía competitiva, que tratara de desprenderse de la dependencia del ladrillo y se base en sectores de alto valor añadido, en el que hemos alcanzado una posición relevante a nivel internacional (energía limpia o tecnología del transporte). La presentación de los PGE 2012 suponen un cambio de rumbo a ningún lugar, en datos: el Centro para el Desarrollo de la Tecnología Industria (CDTI), clave para el cambio de modelo productivo, tendrá un presupuesto reducido en un 82%, y los fondos destinados a políticas activas de empleo caen un 15,6%. Esto es demoledor, dado que las políticas públicas de empleo son precisamente las que permiten el reciclaje y la continua formación de los desempleados, de modo que el gobierno está cerrando las puertas de la recolocación a los cientos de miles de desempleados que se generarán por la reforma laboral.

Lo fácil, es poner en manos de los emprendedores la responsabilidad de la generación de empleo frente a unos presupuestos que juegan a contracorriente. Lo útil es generar un marco en el que se analicen las deficiencias de nuestra economía y como librarnos de ellas para recuperar la senda del crecimiento.

Lo fácil es reducir los fondos para el desarrollo rural en un 85,9% y preguntarnos sorprendidos a qué se debe la pérdida de competitividad de nuestro sector primario y la pérdida de población de nuestros pueblos. Lo útil es apostar por la creación de valor añadido en el tejido rural.

Lo fácil es non dedicar ni un solo euro al Fondo de integración de inmigrantes y quejarse de su falta de integración. Lo útil es trabajar en la integración social, laboral y cultural de los inmigrantes.

Lo fácil es repetir el mantra de: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” en lugar de cumplir con el principio fundamental de las haciendas clásicas y modernas, el principio de suficiencia, por el que los instrumentos de financiación pública deberían de garantizar la posibilidad de sufragar los gastos generados por la misma. Lo útil es buscar un equilibrio presupuestario que no ponga en jaque nuestro bienestar colectivo.

Lo fácil es decretar unas vacaciones fiscales para los capitales ocultos. Lo útil es equipar al servicio de la inspección de Hacienda, dotándola de los medios técnicos y humanos suficientes, en este sentido, en 2010 la Agencia Tributaria fue capaz de recuperar más de 10.000 millones de euros (un 1% del PIB), mientras que con la amnistía se pretende recaudar 2.500 millones.

Esta amnistía fiscal, es un mecanismo muy sencillo, si alguno de vosotros tiene un dinerillo por las Islas Caimán, Mónaco o debajo del colchón, únicamente aflorándolo, pagará el 10% del total a hacienda. En circunstancias normales, estas “Ganancias patrimoniales no justificadas” en el IRPF tributarían al 51% como máximo y no tendrían posibilidad de ser compensadas con pérdidas, a lo que habría que sumar los intereses de demora y las sanciones que correspondan.

Pero lo que es simplemente bestial es que si uno comete el error de declarar sus ingresos cuando los genera, y no los esconde, puede pagar, sobre un 15%, 20% o 30% de, por ejemplo, su nómina y más del 20% si sus ingresos proceden de dividendos, rendimientos de cuentas bancarias o venta de su patrimonio. Cada uno que saque sus conclusiones, el tramposo y el estafador a pagar un 10%, todos los demás, el doble o más.

En cuanto a las medidas tomadas en el Impuesto de Sociedades, son muy limitadas, por referirse, a fusiones y adquisiciones de empresas, los gastos financieros que superen el 30% del resultado del ejercicio (aunque se podrán rescatar posteriormente) y se reducen las deducciones a las actividades de I+D en determinadas circunstancias, sí, el apoyo fiscal a la Innovación y Desarrollo se reduce.

Había alternativas más allá de las medidas tomadas y de una subida del IVA? Pues sin la posibilidad de incrementar el IRPF a las clases medias por la medida ya tomada, cabría esperar mayor valentía, recuperar el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, casi vaciado por las Comunidades Autónomas en un claro ejemplo de los perjuicios de la competencia fiscal; se podría haber remodelado el Impuesto al Patrimonio, podría estudiarse la tributación de entidades como las SICAV o Sociedades pantalla para generar ficciones sobre patrimonios particulares, y sobre todo, podría haberse implementado un plan serio de refuerzo de la inspección.

Mientras lo fácil venza a lo útil, el marketing lo hará sobre la razón.