Nunca he pensado que las
circunstancias pesen más que lo que uno es, pero si que es bien cierto que el
momento y el lugar pueden marcar carácter y manera de enfrentarse a las cosas,
en este sentido, hablando con un colega con el que estudié en la facultad, me
decía que la nuestra va a ser una generación de agarrados, que nos lo íbamos a
pensar muy mucho antes de soltar un euro.
Somos la primera generación que
se enfrentó a la ESO, quizá eso juega en contra de nuestra autoestima
generacional, fuimos los primeros en estudiar en un instituto con 12 años,
enfrentarnos a asignaturas que nadie sabía lo que eran, quizá por eso
aprendimos pronto a enfrentarnos a una sociedad en cambio continuo, en estado
líquido más que sólido. En A Coruña somos los que no sabíamos muy bien que
pasaba y porqué todos se preocupaban tanto el día que encalló el Mar Egeo, la
generación de los niños de los conciertos didácticos Sinfónica, de las aulas de ordenadores y los
museos científicos, crecimos pensando que también era función de las
administraciones públicas velar por la cultura y el fomento de hábitos
saludables, vimos como plazas, parques y piscinas iban surgiendo por todas las
esquinas de la ciudad.
Con el tiempo fuimos aprendiendo
a tener espíritu crítico, diferenciando entre los viejos profesores de
tradición franquista, que nos tocaron y nos obligaban a rezar un padre nuestro
cada mañana en un colegio público (y laico), de aquellos profesores que te
animaban a enfrentarte a lo que no te gustaba, a decirle a quien se equivocaba
que no estaba en lo cierto, por muy poderoso que fuera. Así salimos a la calle,
nos enfrentamos a la LOU de la Ministra Pilar del Castillo, nos manifestamos
contra la guerra de Irak por cruel e injusta, nos implicamos en la defensa de
nuestras costas cuando fueron agredidas por el Prestige y la incompetencia de
los dirigentes políticos de la época.
Puede que cualquiera, de
cualquier generación pueda hacer un retrato parecido (con sus singularidades)
al que estoy haciendo yo, asumo que nada de esto nos hizo mejores ni peores,
pero si que nos adaptó a un mundo en cambio contínuo con retos e instrumentos
diferentes (con Cibers, móviles, sms…).
Nos llamaron la generación Nini,
cuando muchos éramos Sisi, estudiando y trabajando, responsabilizándonos, por
más que viéramos que necesitábamos mil de nuestras pagas para llegar a lo que
cobraba un compañero de colegio que lo había dejado todo por irse a trabajar a
la construcción, aún así muchos apretamos los puños, nos creímos lo que nos
dijisteis, nos encerramos y estudiamos, tuvimos paciencia, sacamos una carrera,
o dos, y un máster o un par, fuimos excelentes cuando pudimos, muy buenos en
muchos casos y simplemente pasables la mayor parte del tiempo.
Vimos como nuestros padres se
deslomaban para que estudiasemos con el sosiego que ellos no pudieron tener,
nunca faltó un céntimo para apuntes y libros de la carrera, pero también para
novelas, entradas de cine y teatro, para educación y cultura barra libre. Vimos
planes para que científicos españoles volvieran y desarrollaran sus proyectos
en España, nos creímos lo del cambio de modelo productivo, en casa también
vimos como nuestros hermanos y primos mayores, acababan la carrera, entraban en
una empresa con una beca y al tiempo se quedaban en ella (probablemente no con
la estabilidad de nuestros padres pero con garantías), se compraban un coche,
se independizaban y, aún siendo mileuristas, iban tirando.
A nosotros nos tocó acabar la
carrera en el 2008/2009 (de media) cuando la crisis ya se olía, nos enfrentamos
con ella como nos habíamos enfrentado a todo lo demás, con paciencia, y con
cierto alivio, siempre nos habían dicho nuestros padres que estudiando nos
cubríamos de estas situaciones, que si no era de ingeniero o economista,
siempre podríamos trabajar de administrativos o electricistas, que el camino
complicado era, eso, complicado, pero también daba garantías.
¿Cómo iban nuestros padres a
saber que el mundo iba a empezar a girar
en sentido contrario? Empezamos a acostumbrarnos a esconder carreras, másters,
postgrados y méritos de nuestros CVs (con el esfuerzo que nos habían costado)
para no ser descartados a la primera y hoy nos acostumbramos a un estado de las
cosas que ha dejado de ser líquido para ser gaseoso, aprendimos que nuestro
techo era bajo (o pegado a una maleta) y nuestro suelo movedizo, día a día han
ido cayendo derechos económicos y sociales que se nos habían dicho
consolidados; la seguridad de las pensiones, la prestación por desempleo o la
sanidad pública cada vez ofrecen menos garantías, y derechos como el aborto, la
ley de dependencia o el matrimonio homosexual que nosotros mismos vimos nacer o
consolidarse, se tambalean.
Hay quien quiere poner la pelota
sobre nuestro tejado, decir que estamos acomodados, que no todo se le puede dar
a uno hecho, que somos culpables de nuestro desempleo o afortunados por tener
un trabajo mal o nada remunerado, enfrentando a becarios con parados y a
precarios con mileuristas. Nos dicen que emprendamos, pero nadie dice como se
hace si el banco no da crédito, si nadie nos da una oportunidad de trabajo
previo para aprender a enfrentarnos a la realidad y si nadie apuesta por
nuestro talento.
Puede que vayamos a ser una
generación de ratas, que estemos aprendiendo que un euro gastado hoy en ocio
puede sernos muy necesario pasado mañana ante una enfermedad o una situación
difícil, puede que la variable sociológica sea fundamental en las decisiones
económicas y vitales que tomamos, puede que sea simple adaptación al medio,
puede que vayamos a ser una generación de “agarrados” pero jamás seremos una
generación de Zombies.
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